martes, 28 de marzo de 2017

ESPERANZA O FINAL 7º





Las fotos que ilustran esta breve historia apocaliptica, tomadas por emiliano hace dos años, son un homenaje para las victimas y sus familias de este absurdo y cruel antentado en Londres, Westminster, que ha causado tanto dolor en todos nosotros y en especial a las familias y amigos de los asesinados.
Todos los amantes de la paz y de esta ciudad única por su belleza, sinónimo de Democracia, nos sentimos unidos a los Londinenses en su dolor.
Yo en especial me siento unido a los guardias desarmados que custodian las puertas del Parlamento, amables, cordiales, figuras inseparables de ese vetusto símbolo que con suma cortesía se prestaron a posar conmigo y a que les tomaran una foto con emiliano cuando estuvo allí admirando el Parlamento.
Gracias amigos siempre os voy a recordar  en especial a  Keith Palmer, heroe asesinado que entregó su vida tratando de ser obstaculo para el agresor.
Mis oraciones van siempre para el su familia y las otras víctimas de la sinrazón.

emiliano



Capitulo 14


Mis sentidos están saturados, ya no distingo el hedor de la muerte de otros olores igual de repugnantes.
Con tres cadáveres dentro de la casa lo inimaginable es pasar la noche profundamente dormido, como ha sucedido, igual que han hecho mis otros compañeros. El cansancio es devastador y el sueño es inevitable y muy bien venido.

Hemos procurado turnarnos, peor que bien, para vigilar que nada ni nadie nos de una desagradable sorpresa.
No las ha habido, el silencio es sepulcral, solo lo rompe algún tremendo alarido de muerte cuando algunos de los que escapan amparados por la noche son vilmente cazados y exterminados al momento.
¿Qué objeto tiene asesinar a quien ya está sentenciado?. 
¿Robarle?. 
¿Para que?, me pregunto, si ya casi nada tiene valor en un mundo infernal que se destruye a si mismo y a todo ser que respira.
Está amaneciendo y estamos preparados para abandonar la casa.
Llevamos máscaras, armas, trajes especiales y provisiones cargadas en tres carritos.
Pesan como el plomo y han bajado danto tumbos por las escaleras con riesgo de romperse y desparramar todo su contenido por los escalones.

A pesar del estruendo nadie ha salido por puertas cerradas y silenciosas. No parece haber nadie dentro de los pisos o sus ocupantes yacen muertos ya sin remedio.
El aire es irrespirable creo, no me atrevo a comprobarlo tapadas mi nariz y mi boca por una confortable máscara que me da la vida.
Todos llevamos una con sus respectivos depósitos de oxigeno vital. 
Aceleramos el ritmo esperando llegar a mi casa en un par de horas a lo sumo.
El entorno es irreconocible y a penas puedo orientarme. Sorteamos árboles caídos putrefactos ya al igual que los montones de cadáveres o cuerpos diseminados por todos los sitios.

Caminad, no entreteneros, no mirar, procurar no resbalar con esa mugre infame que cubre el suelo, nos va diciendo nuestro amigo mientras arrastra el carro mas pesado y lleva a los dos hermanos enganchados a su otro brazo.
La mujer joven increíblemente recuperada arrastra otro carro ayudada por su hijo.
Yo arrastro el menos pesado aunque para mi resulta cargado con plomo.

Estamos llegando ya, mi corazón salta alborozado pensando en abrazar a mi esposa. No deseo pensar en que pueden no haber sobrevivido. 
Una voz me dice que es imposible encontrarlas vivas, pero no la escucho, la esperanza sigue viva y me permite seguir moviendo mis piernas.
Mi barrio al fin.
Lo que veo y voy pisando, no me impide pensar que estoy cerca de casa, mi casa como diría ET,  mi corazón se acelera según la distancia se acorta.

Ansío con todas mis fuerzas abrazar y besar a mi esposa, pero el temor me atenaza cuando pienso en las pocas posibilidades que hay de encontrarla viva.
¿Y la muchacha?, ¿se habrá marchado con su hijo sin esperarme?. Cuando sopeso sus posibilidades constato que son nulas. Imposible atravesar la ciudad sin perecer en el intento.
Nunca el barrio fue agradable o limpio, pero ahora no puedo apreciar la diferencia con los que he ido atravesando. 
Todos son inmundos e inhabitables.

El polvo y la suciedad lo cubre todo, los cuerpos se amontonan por doquier, coches aplastados obstaculizan el paso al igual que troncos y ramas podridas de los árboles. 
Infinidad de ratas proliferan entre los cadáveres, la mayoría muertas y mordisqueadas por sus congéneres que se mueven entre ellas.
Resulta asqueroso y fascinante ver semejante espectáculo, no es una película de terror, es tu barrio, es tu mundo, es la realidad de un entorno que agoniza.
El ser humano no tiene sitio, otras especies lucharán por sobrevivir y el alimento no les va a faltar.
Tampoco carecerán de oxigeno pues una vez exterminados los grandes mamíferos, incluidos los humanos, el aire restante será suficiente para insectos y alimañas que a miles corretean ante mis ojos.
Pisamos cucarachas por cientos, otras suben por las piernas y llegan hasta nuestro rostro. 
Ocupadas las manos no podemos sacudírnoslas de encima.
A estas alturas ya no me importan, siempre me fueron repugnantes y aterradoras, pero ahora todo es mas horripilante que cualquier insecto vivo que repte por mi cara o piernas. 
Ni tan siquiera tendría fuerzas para espantarlas en el caso de que pudiera hacerlo.
Les comento, solo nos queda llegar al final de esta calle que encontramos  a la derecha, otro giro a la izquierda y estaremos frente a los bloques donde está mi casa.
Genial, en pocos minutos estaremos allí, me responde Luis que camina con soltura arrastrando el pesado carro lleno de comida y armas. 
Como se las ingenia el para caminar de esa forma para mi es un misterio. Sortea obstáculos con una agilidad pasmosa, levantando casi en  vilo a las criaturas que lleva cogidas de su otra mano.

Escuchamos voces y ruidos de pisadas amortiguadas por la masa informe que cubre el suelo.
Son renegados me susurra, tenemos que escondernos, pero ¿donde?. No hay escondite a la vista, solo pegarnos a la fachada y esperar que no giren la calle continuando recto.

Si enfilan la calle en la que estamos, casi en la esquina, nos verán sin remedio.

Me alarga una pistola a la que miro con asombro. Es la primera vez que tengo un arma en la mano.
Apunta firme y dispara, me dice, es fácil, he quitado el seguro. Solo tienes que apretar el gatillo según enfiles el arma hacia el sujeto al que quieras abatir.
Se acercan, no son muchos, tres o cuatro por el ruido y la conversación que llevan. Ríen y se jactan de sus proezas. Han liquidado a una pareja que llevaba caretas y provisiones. Tienen cuerda para varios días gracias al botín que engorda en su poder. Parece que satisfechos disfrutando con el dolor ajeno.

De donde ha salido esta caterva de desalmados que siembran todavía mas terror entre los pobres supervivientes.
Ni tan siquiera serán soldados renegados, visten sus uniformes arrancados una vez muertos su propietarios e incluso alguno se ríe de ello, de lo listos que son confundiendo al personal que piensa llegan en su ayuda.
Se acercan y los matan sin disparar un solo tiro apropiándose de las pertenencias que les interesan. Máscaras, botes de oxigeno, armas y provisiones. El dinero ya no les sirve, solo joyas o adornos semejantes tienen valor para ellos.

Están doblando la esquina. El estruendo de un disparo me saca del estupor que me embarga. Uno de ellos salta hacia atrás impelido por la fuerza de la bala que lo atraviesa en el pecho. La sangre salta en un chorro incontenible tiñendo de rojo la sucia camisa verde y queda tendido boca arriba en el suelo. De inmediato suena otro disparo y el segundo sujeto se tambalea y cae de bruces sobre la pared. Se escurre y de rodillas queda quieto sin proferir ninguna exclamación.
Dispara Emiliano, me gritan, y sin pensarlo apunto al más próximo y aprieto el gatillo. Una flor roja brota en el hombro y gira sobre si mismo como una peonza hasta que se derrumba.

El otro sujeto trata de sacar un arma inútilmente, suena el cuarto disparo que le destroza la frente e impulsado se estampa contra un árbol derruido sobre la acera. 
En un instante cuatro cuerpos más engrosan el montón de muertos. 
Estoy mudo y horrorizado. He matado un ser humano sin dudarlo. Primera y última vez, pienso, pero estoy equivocado y pronto tendré ocasión de comprobarlo.



Capitulo 15


El corazón pareciera salir fuera de mi pecho. Los latidos tienen que ser escuchados por mis compañeros en el opresivo silencio que nos rodea. De repente siento una mano que acaricia mi rostro y una voz profunda suena en mis oídos. Tranquilo Emiliano, todo estará correcto, tranquilo, es seguro que tu mujer te espera en casa.

Aparto mis ojos de la añorada terraza, mi terraza, y veo a ¿Cuál es tu nombre? le pregunto a la mujer que nos acompaña.
Soy Lidia, y mi hijo es Carlos, te debemos la vida y estoy segura que encontrarás a quien amas viva, esperando que vuelvas cada segundo del día, no te rindas ahora. Mereces ser recompensado por tus buenas acciones igual que tu amigo Luis.

Gracias Lidia, que Dios escuche tus palabras, voy a estallar si seguimos aquí mirando la casa.
Vamos, el último esfuerzo, que ya casi hemos llegado, comenta mi amigo reanudando la marcha.
Le seguimos como sonámbulos y la angustia se abre paso de nuevo en mi pecho.

Las llaves, grito, las llaves vuelvo a repetir llevándome las manos a la cintura donde até la cartera de viaje que durante años me acompañó en mis viajes. Tanteo, palpo el contorno de mi cintura, y si, ahí está, siento la dureza de unas llaves que esperan ser utilizadas de inmediato.
Esperad, les digo, voy a sacarlas ahora mismo.
Ni se te ocurra, me comenta Luis. Espera a que estemos frente a la puerta en el portal del edificio. Si se te caen ahora resultará imposible encontrarlas sumergidas en esta masa informe de detritus y porquería que llena el pavimento.
Retengo mi ansia y seguimos caminando medio arrastrándonos por mitad de la calle. 
Cuanta razón tiene mi compañero, si las llaves se me cayeran en este revoltijo enorme que hay sobre el suelo sería muy complicado encontrarlas.
Estoy llegando, Dios mío, estoy llegando. Que ella esté bien, que esté viva y el resto también, te lo pido Señor, ayúdame y concédeme la gracia de volver a ver con vida a mi querida esposa.
Me esperan rodeando el portal, todos me miran y yo voy moviendo unos pies que se niegan a dar un paso. Temo lo peor y retraso conocer lo peor. Que dure esta ilusión, pienso, deja que dure y retrasa todo lo que puedas abrir la puerta de tu casa, me dice una voz asustada.
Venzo la tentación, no puede ser tanta cobardía me digo, abre ya cuanto antes, seguro que necesitan tu ayuda de inmediato.

Apremiado por esta idea me pego al portal, aunque una mano me detiene en la acción de buscar y sacar las llaves.
Déjame a mi, tu estás demasiado alterado, y diciendo esto Luis mete sus manos por mi camisa, desata la hebilla que sujeta la cartera de trapo a mi cuerpo y cuidadosamente saca la misma a la mortecina luz de día.
Despacio con mucho sosiego abre la cremallera de la cartera y mete su mano por el hueco. Las llaves aparecen sujetas firmemente entre sus dedos. Examina el manojo y a la primera, sin dudar, inserta una en la cerradura del portal. Acierta, gira dos vueltas y abre la puerta.

Ir pasando nos dice, tu primero es tu casa y lo mereces. Así lo hacemos con sigilo y sin proferir una palabra. Una vez todos reunidos en torno a el, me entrega las llaves con cuidado para lo cual toma mi mano, la abre, deposita el manojo contra la palma y cierra mis dedos firmemente. Ten cuidado, me dice, que no se te caigan.
Tu vas a subir solo, nosotros esperamos aquí, no deseo que tu gente se asuste al vernos. Déjalo todo aquí, tómate tu tiempo y si necesitas ayuda, la que sea, me llamas. Yo subiré de inmediato a tu voz.
¿Te atreves a enfrentar la prueba mi amigo? me pregunta, y afirma.
Todo está bien, vas a encontrar a los que amas perfectamente, vete seguro de ello.

Me empuja con suavidad hacia las escalera y yo comienzo a subir refrenando mi angustia y la insana impaciencia por encontrar ¿que? me pregunto, ¿a todos muertos?.
No, Dios mío, no, que no sea así. No lo permitas.
Vivo en el segundo C, y poco a poco llego al descansillo del primero. No encuentro nada que no sea suciedad extrema. No hay nadie, ningún cuerpo de persona o animal. Tropiezo y caigo ruidosamente sobre los escalones. Se escucha el batacazo por todo el portal, Ay, puff, que daño exclamo.
De inmediato escucho el ruido de una puerta que se abre y al segundo una forma peluda se arroja contra mi pierna. Se agarra a ella mientras un largo y sonoro miaauuu, miaaauuu, se escucha en mis oídos como música del Cielo.

Es mi gato, es Gatufo, no me lo puedo creer. Ha salido como un rayo hacia mi cuando alguien ha abierto la puerta de mi casa al escuchar mi queja.
Estáis vivos, estais vivo, grito sin poder contenerme y salgo impulsando hacia arriba llevando a Gatufo en mis brazos.
Querido, mi querido Gatufo, está vivo repito una y otra vez mientras las lágrimas y los sollozos no paran de repetirse fuera de mi alborozada alma.
Gracias, gracias, estáis vivos vuelvo a exclamar como un loco poseso.

Una alegría inmensa inunda todo mi cuerpo que galopa hacia arriba sin ver donde pongo los pies.

Escucho su voz, existe la gloria entre tanto dolor, me llama y vuelo atravesando la puerta de mi casa sin mirar ni ver a nadie. Corro hacia su voz que sigue llamándome sin parar.
Hola, me dice, hola amor mío. Estás aquí conmigo, gracias, gracias, estás aquí.
La veo sentada en su silla y me mira, sonríe y extiende sus brazos hacia mi. Caigo de rodillas y reclino mi cabeza sobre su regazo. Lloro, lloro como el niño que soy sobre sus senos que me acogen con calor y ternura. Sus brazos me rodean y me tranquilizan suavemente. 
Estás viva, repito incesantemente, estás viva. Gracias Dios mío, estás viva.
Pues claro que lo estoy, ¿Cómo no iba a estarlo?. Te estaba esperando y no podía dejar de estar presente cuando volvieras. ¿Que hubieras pensado de mi si no me encuentras?, me dice gozosa y con el punto de ironía que siempre ronda sus palabras en situaciones comprometidas. 
¿Que esperabas?, no podía marcharme sin esperarte querido mío.

Me levanto, la beso una y otra vez, finalmente nos fundimos en un profundo y largo beso que es eterno. Dura toda nuestra vida y no deseo separarme de ella, de sus labios, de su cara, de su cuerpo, nunca más.
Cuanto te he echado de menos la digo, solo el deseo de verte me ha permitido sobrevivir a tanto horror.

Calla, calla y sosiégate, me dice enjuagando mis lágrimas que no cesan de brotar.

De repente caigo en la cuenta de las personas que esperan abajo y trabajosamente me aparto de ella.
Debo de avisarles, me digo, aunque ya estoy escuchando pasos que se dirigen a donde estamos.
Veo a Gloria, al pequeño, y ¿a quien más?. Es Miguel, no lo puedo creer, ¿Miguel?, exclamo. 
Claro, mi amigo, quien iba a ser. 
¿Pensabas que me iba a olvidar de vosotros?

¿Y estos quienes son?, exclama apartándose y cediendo el paso a mi otra familia que callados, sucios, derrotados van llenando mi salón con su presencia.

Nos habías olvidado, me comenta mi amigo con una sonrisa, y mira con interés a su alrededor.

Tu eres Cuca, su esposa, dice, y se adelanta hacia ella cogiendo su mano y besándosela.
Encantado de conocerte querida Cuca, dice, estos son los invitados que tu marido se ha traído a tu casa. Espero que no te importe.

Asombrada Cuca mira a todos y cada uno de los seres que con timidez la miran a ella.
Miguel y Gloria los miran a su vez con enorme extrañeza, quienes son estos se estarán preguntando, y movido por su curiosidad comienzo a citar sus nombres para dárselos a conocer.

Es tal mi emoción que confundo los nombres y tengo que callar incapaz de pronunciar palabra.
Las lágrimas vuelven a inundar mis ojos y resbalan sin parar por mi cara. 
Están vivos pienso una y otra vez, pero no puedo evitar que un insidioso pensamiento resbale entre tanta dicha.

Vivos si, ¿pero por cuanto tiempo?, lo aparto pero con insidia vuelve a resonar en lo mas profundo de mi cabeza.

¿Por cuanto tiempo?.



Capitulo 16


Vuelvo a estar en casa, es lo único que importa, pues durante estos días que estuve en la calle pensé que ya nunca iba a regresar, moriría sobre el asfalto, asfixiado, asesinado o de sed e inanición. 
La forma era lo de menos, la muerte estaba asegurada.

Lo peor era sentir que no vería nunca más a mi querida esposa, no saber si estaba viva o muerta, no poder decirla estoy aquí contigo, he regresado, nunca debiera haberme marchado de tu lado. 
Ahora otra ver la tengo en mis brazos, la beso, la arrullo, le digo una y otra vez te quiero para lo que me quito y me pongo la máscara de oxígeno con el perjuicio que esto ocasiona en mis pulmones.

Me es igual, necesito decirle todo lo que he vivido, lo que siento, que ya nunca me alejaré de ella aunque todo es innecesario pues ella lo sabe y no hace falta que yo le diga nada. 
Me han contado que Miguel llegó a casa, pudieron abrirle a tiempo, y con las mascarillas de oxígeno, agua y comida que el traía, nadie sabe de donde, pudieron sobrevivir todos estos días hasta que regresamos nosotros.
En realidad sigo aturdido, no entiendo lo que me dicen, simplemente descanso disfrutando el hecho de haber regresado y sentirme entre los míos.
Hablan de marchar, de ir hacia el norte como la única posibilidad de ponerse a salvo, a mi no me interesa, solo quiero descansar, ver a mi compañera de toda la vida. Cuidarla mientras siga vivo sin abandonarla nunca.

Sus ojos muestran la alegría que siente al verme, no dice nada dejando que hablen los demás.

Y no paran de estudiar los mapas, hacer proyectos de marcha, calcular para cuanto tiempo les durarían las mascarillas de oxígeno, la comida, el agua, sus fuerzas y así vuelta a empezar en cuanto descansan lo necesario.

Urge marchar dicen, y preparan bultos e idean formas de transportarlos.
Sobre mi esposa no dicen nada, ella no camina, está permanentemente en su silla de ruedas pues no tiene ya fuerzas de utilizar su andador. Su enfermedad ha avanzado significativamente y vuelve a incapacitarla mucho más que antes cuando quedó en la casa.

Resulta inimaginable pensar en llevarla por la calle, 
¿Cómo y quien?. Nunca ha aceptado de buena gana que nadie cargue con ella y ha preferido no salir a tener que verme empujar su silla de ruedas.
Al final compramos una eléctrica ahora inservible pues no hay donde cargar sus baterías.

No hemos hablado sobre la posibilidad de marcharnos, pero se lo que ella piensa y su decisión irrevocable está tomada. 
Ella desea que la dejemos en casa, que me vaya yo, que salve mi vida y que la deje a ella para abandonar una vida que le agota.

No va a ser así pero prefiero no pensar en ello, deseo abandonarme al momento feliz de haber regresado, descansar en mi cama. 
Dormir al lado de mi esposa, pensar que mis hijas están a salvo y descansar.

Descansar para siempre.




FIN









SE ACERCA EL FIN 6º








Capitulo 12

Escucho ruido, una voz que me llama, alguien o algo esta acercandose a mi espala y los
escalofrios recorren mi espina dorsal, tengo el vello erizado y mi corazon late desenfrenadamente.

Con esfuerzo y lentamente voy girando mi cuerpo para enfrentar la voz que requiere mi ayuda.
El tufo a podredumbre y muerte impacta mi nariz produciéndome profundas
arcadas que inutilmente sacuden mi cuerpo. No hay comida ni bebida que pueda arrojar y los espasmos que siento me producen un agudo dolor en el diafragma.
De inmediato un tremendo dolor de cabeza despierta de su letargo y comienza a golpear mis sienes como si la sangre fuera a brotar de ellas.
Cuanto tiempo, pienso, te estaba echando de menos querida jaqueca que toda la vida me has acompañado.
Trato de contenerme y encaro la cara del ser que emite quejidos solicitando mi ayuda. 
Una especie de garra me aferra el brazo haciéndome casi daño, compruebo que es la mano de una mujer joven absolutamente esquelética y sucia hasta límites inimaginables. Su hedor es espantoso, tira para atras, y a duras penas logra mantenerse en pie sujetándose de mi brazo.
A su lado hay un crio pequeño, unos cuatro o cinco años, que al igual que ella hiede. En un paroxismo de casi locura imagino que no son seres vivos, son zombis, han resucitado tras estar varios días muertos y ahora reclaman mi sangre.
Ayudame, repite "la zombi" con ya apenas un hilo de voz y separando la mano de mi brazo señala al pequeño.
Es mi hijo, dice, y quiero que te lo lleves, que te hagas cargo de el pues yo me muero. 
No deseo que mi hijo se quede junto al cadaver de su madre y vea como se pudre, esperando el mísmo morir sin nada que comoer o beber. 

Me niego a aceptar lo que estoy viendo o escuchando. Es demasiado horrible para poder asimilarlo y mi mente se cierra ante la última tragedia del ser humano.

Yo sigo callado, incapaz de articular palabra, ella sigue hablando y explica que han sobrevivido escóndiendose entre los cadaveres amontonados por las calles. Hace dos o tres días que se les acabó el alimento, y ella ha estado dándo a su hijo los últimos pedazos comestibles que le quedaban.
Me muero, sigue, y tu eres el único ser que puede llevarse a mi hijo lejos de mi. Llévatelo y trata de que sobreviva a este horror, por favor, eres mi última esperanza. Yo ya estoy muerta y deseo descansar sobre el banco en el que te sientas.

A buena parte has ido mujer, pienso, yo también estoy en las últimas. ¿Es que no lo ves?, me repito en voz baja para mi solo.

Callo, no digo nada,¿para que?, ella está sumida en la fiebre y en muy poco tiempo se derrumbará igual que los miles que en este momento lo estarán haciendo. 
Es el fín, pienso, no hay esperanza para el ser humano ni para su mundo. Es probable que no lo merecierámos despues de todo.

Logro incorporarme, agarro al crio de la mano y dejo que su espantosa madre tome mi lugar sobre el banco de madera. 

Ella se tumba de inmediato, cierra los ojos y respira ansiosamente buscando una particula de oxígeno. 
Igual que yo, no puedo más, en una hora o dos estaré caput igual que esta pobre joven que quizás antes fuera atractiva y ahora resulta un auténtico espectro de muerte.
Con alivio escucho los pasos de mi amigo que se acerca a nosotros. Está intrigado con la escena y es seguro que habrá acelerado su paso por ver lo que estaba sucediendo.

Que ocurre, quien es este niño y esa mujer tirada ahí en el banco que ocupabas tu, díme,¿la conoces?. Os he visto hablando hace un momento.
Hablaba ella, yo sigo espantado con su visión, sin palabras para decirle nada.
Se ha echado ahí para descansar y morir. Me, nos ha confiado a su hijo y me ha pedido que nos alejemos de este lugar. No quiere que su hijo vea como muere y dejarle solo para que siga su misma suerte.

Ya somos cuatro, dice Luis, estupendo si siguen agregándose más pequeños o sus padres podemos formar una familia numerosa.
¿Cuatro?.
Claro, ¿no pensarás que voy a dejar ahí tirada a esa mujer?.
Te diria que recogieras al pequeño y a mi me dejaras junto a ella, a descasar y morir, no puedo más. 
Se que tu no puedes llegar a mi casa y por eso sigo, si no me quedaría al lado de ella y nos hariamos compañia esperando el final.
Callate ya, anciano, tu no vas a morir. Cuida del pequeño, ¿podrás darle tu mano y caminar los dos unos ochenta metros?. Tenemos que ir hasta la casa donde viste a los niños, me han pedido que suba, nos abrirán la puerta.

No entiendo nada de lo que dice y no tengo ya fuerzas motivación para entenderle.
Luis abre su macuto, saca dos máscaras de oxígeno, me pasa una que coloco sobre mi cara, la otra se la coloca a la mujer tumbada en el banco exánime, luego saca otra que coloca en la boca del niño. Finalmente me pide la mía y se la coloca el mismo sobre su rostro. Menos mal, pienso, es humano y parece que el esfuerzo de ayudarme le está haciendo mella.

Guarda las máscaras, levanta a la mujer del banco como si fuera una pluma y la coloca sobre su hombro. En el otro lleva el macuto e inicia la marcha hacia no se donde, ah, si la casa. 

Agarro al niño por su mano y le voy arrastrando casi pues no pesa casi nada tampoco. Se le ve francamente desnutrido y camina como un autómata de pequeña envergadura.
Un muñeco roto y renegrido que apesta a suciedad y muerte. Igual que yo supongo, a veces uno mismo no se huele, pero mi olor es seguro tan espantoso como el de esto seres.
Estoy en el Infierno pienso, no puede ser peor que esto por lo que todos estamos pasando, mis pulmones arden. Pareciera que respiro pimienta pues toso sin parar y seguro que ya están en carne viva igual que el de todos.

El pobre niño del que estoy tirando se niega a andar y no puedo cargarle encima pues me faltan fuerzas. Ni tan siquiera llora, jadea, jadea, tose y vuelva a jadear.


Vamos, vamos, amigos que ya queda muy poco dice Luis. ¿Amigos?, que yo sepa soy yo solo pues el crio no se entera de nada y la mujer está desmayada encima de el.


Llegamos a un edificio creo, se acerca al portal y aplasta el botón del portero automático que lógicamente no suena, la costumbre, no obstante vemos que una niña de unos diez o quizás once años está acurrucada próxima a la puerta. Lleva 

una máscara de oxígeno y se incorpora nada más vernos.
Abre la puerta trabajosamente y con un suave empujón de mi amigo franqueamos la entrada.
Tiene que elevar al pequeño que se niega a seguir andando y prácticamente llevo arrastrando.
Seguimos a la niña y comienza el calvario de subir escalones echando los hígados fuera.

Ella anda ligera, lleva su máscara, pero nosotros no podemos seguir su paso y tras largos descansos alcanzamos por último la planta donde está la vivienda. No se cuantos pisos hemos subido, ni me importa, caigo redondo al suelo tras pasar el umbral de la puerta.

Me arrastran y cierran la puerta. De inmediato una mascarilla de oxígeno cubre mi boca y me reanima, gateo hasta mas alla de la puerta, estoy dentro de la vivienda.

Alguien me coloca sobre un sofá, estoy rendido y duermo, estoy fuera ya de este mundo porque sigo respirando sin que mis pulmones quemen, pero no, la dicha dura poco y abro los ojos enfocando la habitación y a la gente que ocupa las sillas.


No está la mujer la pobre mujer astrosa ni tampoco su hijo, ¿lo habré soñado?. Parece que no lo he soñado pues mi amigo me informa que están tumbados en otra habitación con una buena ración de oxígeno en sus pulmones y algo de alimento en sus estómagos.


Enfrente tengo a la niña de diez años y otro crío que parece su hermano, tendrá cinco o de seis años y se les ve saludables. Pálidos pero no en demasiado mal estado.


Según me entero han perdido a sus padres y a su abuelo, están solos y desean abandonar la casa.


Espera, espera, amigo. No me entero de nada, vuelve a empezar por favor le contesto a Luis.


Que te lo cuente la niña, Emiliano, me replica Luís. Mejor aún Laura, dále la mano y le llevas tu sabes donde para que tome conciencia de la situación.


Dicho y hecho, me incorporo, toma mi mano y me lleva a una habitación donde tres adultos están tumbados en la cama. Muertos, y bien muertos por su color y por el olor que inunda la habitación.

La niña no se inmuta, ha visto y sufrido demasiado, ha estado sola con su hermanito con este panorama en casa.
Salimos de inmediato, yo no puedo resistir la vista de esos cuerpos que empiezan a descomponerse y ella me va contando que son sus papás, y su abuelo.

Sus papas decidieron dejar las reservas de oxígeno a sus hijos, esperaban que llegara su abuelo que traería más asi como alimentos. Deseaban abandonar la casa y la ciudad cuanto antes.

El abuelo era un coronel que sabía donde encontrar provisiones, máscaras, oxigeno, armas, y un plano que pudiera guiarles para atravesar Madrid y el resto de España, parando en sitios donde hubiera algún tipo de orden, restos de un gobierno, y soldados que acataran las ordenes de sus superiores.

Se retrasó mi abuelo demasiado, dice la niña, y mis papás decidieron darnos las mascarillas que previamente habían recibido de el, de mi abuelo, se tumbaron en la cama y ahí están, quietos sin moverse.

El abuelo llegó muy enfermo, no sabemos que le pasaba, nos dijo que esperaramos aquí protegidos, con mas mascarillas, que saliéramos a la terraza y atrajeramos la atención de alguien que pudiera ayudarnos a salir de aquí. Nos escribió un papel para dar a la persona que subiera y que seguramente nos ayudaría a salir de aquí, con las provisiones y con las mascarillas que el traía.
Se tumbó en la cama tosiendo, escupiendo sangre, y ahí se quedó dormido al poco tiempo.
Mi hermanito y yo nos hemos quedado solos, nuestros padres no despiertan, están muertos, nos encontramos muy tristes y esperamos que vosotros podrías ayudarnos

tal y como no dijo mi abuelo.

Callo y escucho a la niña, parece lista y confiada en unos extraños que acaba de conocer, me maravilla su sangre fría al contar unos hechos que a cualquier otro niño le hubieran sumido en el silencio y desesperación.

A ella no, desea sobrevivir, tiene claro que tiene que salvar a su hermanito, se siente responsable de el y ese sentimiento le otorga madurez.

¿Que años tienes? le pregunto, y ella me dice que once para doce en seis meses.


Es una mocita menuda y flacucha, pero si, puede que sean sus años por la calma que aparenta.


Mi hermano tiene seis, me dice, antes de que yo le pregunte.


Maravilloso, pienso, ya somos familia numerosa y me siento de inmediato a descansar en cuanto veo una silla propicia para aguantar mi peso.


Capitulo 13

Vuelvo a tener una familia a la que cuidar, la idea se abre paso en mi cansado cerebro y reaviva sentimientos ya pasados.
Veo a mis tres hijas de pequeñas rodeándome esperando jugar a "pies quietos" y me embarga la felicidad ya pasada.
Tres hijas de las que ahora no se nada, no hay forma de comunicarme con ellas pues cada una se marchó a un lugar diferente y lejano.
Ya son mujeres adultas con una vida plena de satisfacciones personales. Eligieron su lugar de residencia acorde con sus trabajos y ahora afortunadamente para ellas no residían en Madrid.
Todo este tiempo he confiado en que estén vivas, a salvo, alejadas de estas enormes megalópolis en las que sobrevivir se había convertido en una dura labor.

La mas joven reside en una capital del Norte de Europa, muy cerca de los bosques que siguen en pie proporcionando el necesario oxígeno que nos llega a cuenta gotas. 
Fue allí porque no le gustaba el trabajo que estaba haciendo en Madrid y ahora trabaja en una universidad Danesa de bióloga. 
Es posible que la hayan contratado para estudiar el fenómeno genético que destruye toda la flora y esté a salvo con otro staff de biólogos y científicos empeñados en desentrañar el enigma que asola nuestro mundo.
La mayor abandonó Madrid después de casarse por un motivo semejante. Ni a su chico, ni a ella misma, les gustaba la vida en la gran ciudad y hace casi veinte años cambió su vida ciudadana por otra mas tranquila en una isla poco poblada con un paisaje y una vida natural impresionante.

Nada se sabe de lo ocurrido allí, es posible que esta contaminación pestilente no les haya alcanzado y puedan sobrevivir al cataclismo general de una civilización tecnológica irrespetuosa con su medio ambiente.
Nuestra otra hija, la mediana, perdió el contacto con nosotros hace algún tiempo, eligió estar alejada de todo lo que le recordara su pasada vida con padres y hermanas, pero sabemos que está feliz, con trabajo, y lejos de esta vida de ciudad enorme que nunca le gustó.

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Me zarandean, despierto y escucho que me llaman, despierto de mi duerme vela y caigo en la cuenta de que no estoy en casa. 
Comienzo a recordar la pesadilla en la que se ha convertido mi vida y escudriño a las personas que me rodean.

Dos pequeños y una casi adolescente, un joven alto, fuerte, decidido, y una mujer desconocida que me observa con atención.
¿Quien es esta joven que me mira con descaro y un cierto agradecimiento en su mirada?.

No puede ser la mujer astrosa y sucia que me tocó cuando estaba sentado en el banco de madera esperando a mi nuevo amigo. ¿O si lo es?.
No se como lo han hecho pero la suciedad ha desaparecido de su rostro y ha cambiado sus vestidos por otros impecables. El nauseabundo olor que le rodeaba tampoco está y su aspecto es el de una joven muy delgada, famélica casi pero atractiva.

Pongo atención a lo que dicen.
¿Hola como estás?. Soy Lucía y te agradezco lo que has hecho por mi hijo.
¿Que he hecho?
Nada en realidad, arrastrarle con gran esfuerzo de una mano y conducirle aquí, donde estamos ahora, y ¿donde estamos?.
Voy tomando conciencia de la realidad, del lugar donde he estado dormido, de los cuerpos que hay en el dormitorio, del grandísimo dolor de mis pulmones, de mi necesidad de respirar, de comer, de beber, y sobre todo mi absoluto deseo de ver a mi esposa, abrazarla, besarla, decirle que la quiero mas que a nada en el mundo, y no separarme jamás de su lado.

El deseo de verla, cuanto antes, se abre paso sobre todas la carencias que atormentan mi cuerpo y mi espíritu.

¿Cuando nos vamos?, pregunto y trato de incorporarme inútilmente, caigo en el sofá de nuevo y la desesperación me inunda al sentir un cuerpo viejo y desgastado que ya no sirve para casi nada.

Tranquilo, descansa, vas a comer y beber algo para recuperar tus fuerzas, tenemos oxígeno de sobra para purificar nuestros pulmones.
¿Como crees que has podido dormir varias horas? 
Si no hubiera sido por el oxigeno que el abuelo de estos niños trajo para ellos, todos estaríamos ya muertos.

El estaba muy enfermo, cuando vio a su hijo muerto junta a su nuera prefirió abandonar, dejo una carta que luego puedes leer, resulta muy descriptiva del caos y da pistas para escapar de esta ciudad.
Estoy leyendo la carta de un desconocido que yace muerto tumbado en una cama de un apartamento extraño.

Esta dirigida a persona o personas de buena voluntad y les pide que se hagan cargo de sus nietos y traten de salvarlos de un mundo que agoniza.

"A quien puede leer esta carta le suplico se haga cargo de mis dos nietos y trate de salvarse junto a ellos.
Aquí ya no hay esperanza, el gobierno junto al gabinete de crisis no existe. Han abandonado sus puestos y han huido junto a sus familias tratando de llegar al Norte.
Desde Bruselas les han sugerido hacerlo y formar un gobierno central en el norte de Europa que trate de coordinar el éxodo de decenas de miles de europeos que abandonan sus países y tratan de llegar a zonas boscosas como sea.
No hay víveres ni mascarillas de oxigeno para todos, ni tan siquiera para uno de cada mil ciudadanos.
Han muerto cientos de millones de personas refugiadas en sus casas o en mitad de las calles.
Nada se puede hacer para remediarlo o aliviar el sufrimiento de estas personas.
El mundo que conocíamos se acaba. Esperemos un nuevo resurgir del ser humano mas consciente de respetar el entorno en el que vive.
Posiblemente la población del planeta quede reducida a unos pocos millones o incluso menos de seres humano.
Mi esperanza es que TU que lees esta carta puedas sobrevivir y conducir a mis dos nietos junto a ti para que ambos forméis parte de los supervivientes.
Dejo diez mascarillas y unas decenas de recipientes de oxígeno, junto a suficientes víveres para sobrevivir al menos un mes.
También he hecho un plano de los lugares a los que podréis acudir en busca de cobijo o ayuda. 
Espero que sigan funcionando.


Soy militar y biólogo, formaba parte del Gabinete de Crisis de este país, al quedar desecho he acudido a casa de mi hijo demasiado tarde, y le encuentro muerto. 
Habían dejado las reservas a sus hijos con la esperanza de que yo acudiera a rescatarles.
No puedo soportar mas este infierno, además estoy sentenciado con un cáncer que acabará con mi vida en un lapso muy pequeño de tiempo.

Yo no puedo salvarles.
A quien lea esta carta le ruego salve a mis nietos, ellos igual que otro pequeños pueden ser la esperanza de un mundo nuevo".
Estoy emocionado y aterrorizado por lo que describe este hombre que ha dejado su última esperanza en manos de desconocidos.

El universo que conocíamos está sentenciado. No hay gobierno, ni orden, ni esperanza para los que permanezcan en este país.
Lo sospechaba, pero no hasta este grado, sigo soñando despierto una pesadilla que no acaba.

Salvar a los niños pide, ¿como?. Ha dejado planos con indicaciones de los lugares a los que acudir en un teórico éxodo hacia el Norte, y me pregunto si quedara alguien en ellos o solo es una esperanza que ya se ha desvanecido.
Vamos, vamos, hay que marcharse me comenta mi compañero. Todos estamos preparados para abandonar la casa cuanto antes.
Iremos primero a tu casa, recogeremos a todos y pondremos rumbo al Norte tratando de salvar nuestras vidas.


Las vuestras, pienso, pero callo y me incorporo de inmediato.
Me han alimentado, he descansado, he respirado aire sano, sigo haciéndolo y pareciera que he recuperado parte de mis fuerzas.
En breve tiempo estaré viendo y abrazando a mi querida esposa, es lo único que deseo en estos momentos.







el gatufo

lunes, 27 de marzo de 2017

QUE HACER 5ª







Capitulo 9

Lo siento, lo siento, no veo nada.

Ya te acostumbrarás a la obscuridad y podrás distinguir las formas y los obstáculos.


¿Quien eres?. ¿Por que has venido a este infierno de muerte?. 


Tengo que pasar la noche fuera de mi casa, he venido a buscar a un amigo y no puedo entrar en el edificio. No se si está o no, pues lógicamente el portero automático no
funciona y nadie entra o sale por el portal.

Estás loco saliendo de tu casa, la calle es un lugar de muerte, robos, dolor y asesinatos. Te lo digo yo que llevo sobreviviendo varios días y he visto de todo. 

Mi casa se incendió cuando hicieron una gran hoguera con cientos de cuerpos putrefactos y tuve que salir a escape.
Vivía solo, estaba estudiando en Madrid cuando todo esto empezó, mi familia vive al sur de los Pirineos y no tengo medios para irme con ellos.
Estoy atrapado en esta ciudad maldita y no se me ocurre la forma de escapar. 
Por el día voy atravesando la ciudad hacia el norte, cuando se acerca la noche busco una boca de metro y me atrinchero en ella esperando otra vez la luz para seguir andando. 
Quiero escapar de aquí como sea.

Mi nombre el Luís, tengo veintitrés años, y tu como te llamas.

Soy Emiliano, ya paso de los sesenta y cinco, estoy retirado y me gustaba escribir en un blog.

¿En un blog?, que original, no conozco a nadie que lo hiciera.


Aquí tienes uno, llevo casi tres años haciéndolo.


¿Y de que trata tu blog si puede saberse?

De todo un poco, de mis pensamientos, experiencias, mi familia, mi gato "Gatufo", a veces de política o historia, y así voy de tema en tema, escribo lo primero que se me ocurre y desembucho fuera de mi cuerpo y de mi mente, las preocupaciones o sentimientos que pasan por mi cabeza.


Majo, pues si sobrevives a esta y las cosas vuelven a su normalidad vas a tener un montón de experiencias que relatar.

Ja, ja, va a ser bueno leerte una vez que pase todo este caos.

Luis, me encanta que pienses así, que digas "cuando pase todo esto", ¿de verdad crees que pasará?.


Si, lo creo, el ser humano se ha visto en peores circunstancias. ¿Has oido hablar de la peste bubónica?.


Si claro, quien no, liquidó casi a la mitad de la población en Europa y Asia.


Toma nota Emiliano, esto pasará y quedarán vivos los mas fuertes o los mas preparados. 

Dos tercios o más de la población desaparecerá, es una limpieza necesaria a toda la podredumbre en la que se habían convertido los hombres. 
La naturaleza, la tierra se defiende así, y está bien que lo haga. 
Antes o después tenía que pasar algo parecido.

Es noche cerrada, Luis duerme yo no, es imposible dormir a oscuras por completo, sumergido en unos hedores nauseabundos, con bichos que recorren mi cuerpo y que trato de apartar a manotazos.


Mis manos arden, húmedas de aplastar tantas sabandijas que prefiero no imaginar, y el olor que marea no se mitiga ni por un segundo.

Se escuchan gritos, ordenes, lamentos, carreras y finalmente algún alarido segado por un espeluznante barboteo y el golpe seco de un cuerpo que se derrumba.

Es imposible conciliar el sueño rodeado de semejante pesadilla, temiendo que en algún momento nos descubran agazapados y sumergidos entre la amalgama de cuerpos, objetos, alimañas, y otras criaturas que proliferan por doquier.
Si entran soldados nos haremos los muertos por lo que nos hemos embadurnado con todo tipo de desechos, sangre, polvo, suciedad y bichos aplastados contra nuestro cuerpo.


Tras horas de vigilia y de profundas arcadas,  mi mente vaga con recuerdos de niñez que nunca antes había rememorado. 

Imágenes de la España de los cuarenta inundan mis pensamientos y me recreo en ellas.

++++


Me crié en un mundo austero de posguerra donde carecíamos de todo.


España era un país pobre, hambriento, represivo, donde las libertades individuales o colectivas habían sido segadas o arrancadas de cuajo tras una larga guerra civil que enfrentó hermanos contra hermanos, vecinos, familias, amigos y acabó con mas de un millón de muertos en batalla y fuera de ella, asesinados, masacrados, enterrados anónima mente por ambos bandos en liza.


Una gran represión por parte de los vencedores, y la dictadura que se cobro decenas de miles de vidas.

No existía el derecho de huelga, reunión, asociación, ni por supuesto los partidos políticos.

La polícia "secreta", la secreta como se decía entonces, pedía la documentación en cualquier lugar, más aún cuando se viajaba en tren o autobús pues el control era exhaustivo y estricto.


La escasez era extrema, hasta el punto que se emitieron cartillas de racionamiento para los productos básicos acordes con el número de miembros de una misma familia.


Se iba a la tienda cuando llegaban noticias de que un producto  había llegado, aceite, patatas, azúcar, harina, sal, o cualquier otro suministro vital para subsistir.


La carne era artículo de lujo, escaso, y el pescado no entraba a ser considerado como alimento pues la flota pesquera había desaparecido.

Dos nenas y un varón que era el niño de la mamá, esa era mi familia de niño, y aunque no había demasiados mimos, y se pasara francamente mal, el pequeño era quien recibía más cariño.ambio mi postura, me duele todo y pienso en aquellos pequeños, yo mismo y mis dos hermanas, en la realidad de entonces que no influía en esos pequeños, no se enteraban de nada, vivían la vida que viven los críos siempre propicios a jugar y a hacer travesuras.


++++


Salgo de mi duermevela sobresaltado por una luz que hace retroceder las tinieblas que nos rodean. 

Alguien arrastra sus pies portando una linterna
y rebusca algo entre los muertos amontonados a la entrada del túnel, son varios y están moviendo los cuerpos, los arrastran, los registran, se escuchan palabrotas y gritos de júbilo cuando encuentran algo. 
Están rebuscando entre el montón de cadáveres y se entretienen en actos horrendos que trato de adivinar. 

Les arrancan los anillos de oro, cortan dedos o brazos, arrancan las cadenas del cuello, rebuscan entre las pertenencias esparcidas por el suelo y escuchamos maldiciones, gritos, juramentos, que duran casi media hora.

Oro, oro, es el metal preciado que van buscando cadáver tras cadáver, y no hay ningún escrúpulo para saquear a los muertos.

Luis está despierto, escucho su respiración, y aterrado como estoy no muevo un músculo de mi cuerpo, sigo petrificado y el espantoso dolor que siento no me hace tratar de acomodarme mejor, el terror me paraliza.


Es interminable, cuando acabará esta tortura me pregunto.

Se escuchan órdenes, y finalmente el resplandor se aleja con voces ahogadas que hablan del botín conseguido.

Luis está en guardia, le noto tenso pegado a mi, preparado para cualquier emergencia. 

No hablamos, solo un susurro para comentar, se han ido, e inmediatamente escucho el sonido acompasado de su respiración. 
Es increíble su facilidad para conciliar el sueño. En un segundo pasa de la vigilia al sueño, maravillosa juventud la suya que se adapta a todo.

Sin darme cuenta vuelvo a recordar mis años de niño en una España postrada por las consecuencias de la guerra civil.


- - - -


Se pasaba hambre de cualquier forma, con guerra, la segunda mundial, y después de ella. 

Mucho peor cuando acabó la guerra en Europa, según me contaron después, pues España quedó aislada con un bloqueo internacional por haber apoyado tácitamente a los perdedores, las fuerzas alemanas y a su sangriento dictador.

No obstante para mis hermanas y yo mismo,  la vida parecía grata, eramos niños al fin y al cabo y no conocíamos otra cosa, en casa no había casi de nada, no había teléfono, ni lavadora, tampoco nevera, ningún otro electrodoméstico que ayudara en las faenas domésticas. 

Una radio de segunda mano, unos cuantos libros heredados de nuestro abuelo y nada más. 

Algún tebeo viejo y sobado, y pipas de calabaza para matar el hambre permanente.

Pasábamos mucho frío, y nos asfixiábamos en verano, igual que todos, si queríamos refrescarnos teníamos el botijo y la fuente pública frente a nuestra calle.

Se dormía la siesta en verano y a jugar por la tarde. 

La calle era nuestra escuela.


Vivíamos a las afueras de Madrid, en el barrio de Tetuan de las Victorias, y eramos unos privilegiados en relación con nuestros vecinos, mi padre trabajaba todo el día con dos empleos de oficina.


+++


Voy cayendo en un reconfortante sueño y los recuerdos de mi niñez se quedan atrás.

De alguna disparatada forma la escasez y miseria de ahora me trae a la memoria otra época de escaseces vivida hace muchos años.


Capitulo 11

Respirar es un tormento constante, los pulmones estallan, la tos no cesa tratando de expulsar cuerpos extraños introducidos con cada bocanada de aire pestilente. 
La falta de oxigeno es angustiosa, el corazón se acelera al máximo y temo que en cualquier momento sufrir un infarto. 
Mi compañero es mucho mas fuerte y acusa menos la extenuación que siento en mis músculos, no siento los pies, mis piernas rígidas como palos dudo que me sigan manteniendo por mucho tiempo.
Hemos salido del túnel hace unas horas y parece que lleváramos el día entero caminando. 

El caos es si cabe mayor que ayer. 

Ni se preocupan ya de apilar los cadáveres que proliferan por doquier. 

Niños, mujeres y ancianos están diseminados por cualquier lugar, iban pertrechados con unas pocas pertenencias como si quisieran huir de sus casas.


Habrán salido de madrugada y no han podido andar más de un kilómetro o dos, derrumbándose exhaustos, tosiendo, vomitando, sangrando por narices y boca hasta que un ataque fulminante de corazón o un derrame cerebral acaba con sus vidas y su sufrimiento.


Acabaré igual que ellos, pienso, no puedo continuar más. 

El aire es irrespirable y venenoso en grado sumo. Cuando joven fui un experto nadador que aguantaba horas en el agua haciendo largos de piscina o de playa una y otra vez. 
Nunca he fumado, tampoco he padecido severos catarros, y quizás este sea el motivo de no haber sucumbido ya.

No percibo nada, solo dolor, estoy sumido en un angustioso sopor que me lleva a desear la muerte de continuo.
Pero no llega, es más me obligan a arrastrarme casi cuando mis pies se niegan a dar el menor paso.
Lo están dando y no se como, no los siento, tampoco las piernas, solo siento mis pulmones arder a cada bocanada de aire que logro impulsar dentro de ellos. El corazón golpea mi pecho como si fuera a salirse, debo estar cumpliendo años en cuestión de horas. 
Si llego a casa mi pelo habrá encanecido de repente como si en lugar de haber pasado dos días hubuieran estado fuera diez años.

Que viejo soy pienso, esto se acaba majo, pero sigue andando. Sigue andando oigo la voz de mi acompañante que casi me lleva en volandas o me levanta por encima de los obstaculos que resulta casi imposible rodear.
Veo caer al suelo a gente que ya no se levanta más. Los que caminan detrás de ellos pisotean las manos o piernas de los caidos, sin ningún respeto pues son imcapaces de rodear los cuerpos que hay sobre el suelo.

Algunos de estos, los que pisotean, caen cincuenta metros mas adelante siendo a su vez pisotedos por los que continuan.
Hemos tocado suelo pienso, esto ya no puede ir a peor, y como siempre que se piensa algo parecido estoy muy equivocado.
En poco mas de una hora será noche cerrada, para entonces tenemos que haber encontrado un sitio donde escondernos y pasar desapercibidos para las patrullas descontroladas que pululan tras el toque de queda.
Soldado o no son depredadores que asesinan a todo aquel que pillan, le roban y le dejan tirado en mitad de la calle desángrandose.
Lo que hay dentro de las casas nadie lo sabe. Es seguro que cientos de miles de personas habrán muerto asfixiadas, de inanición o cualquier otra dolencia.
Infinidad habrá puesto fin a sus vidas ante la total falta de esperanza y la ausencia de notilcias.

Son pensamientos que pasan por mi cabeza fruto de la desesperación y el extremo cansancio.
Luis va cargando conmigo, me lleva casi en volandas ante la ausencia total de fuerzas que me permitan sujetarme por mi mísmo.
Me ha  encargado que vigile las ventanas o balcones de todas las casas que vamos pasando. Al menor signo propicio para ocupar una de ellas tengo que avisarle para examinar nuestras posibilidades de entrar dentro de la vivienda.

Este barrio de clase media trabajadora no es tan precavido a la hora de blindar los accesos. Recias puertas, barrotes en los pisos bajos, alarmas que ya no funcionan y poco más.
Derribar una puerta no sería dificil si tenemos la seguridad de que no hay ningún ocupante dentro. Si lo hubiera podría defenderse de nosotros, con razón, pensando que eramos foragidos. No deseamos empeorar más la situación de lo que ya está. 

El tiempo pasa inexorable y nuestra búsqueda de refugio es esteril. No hay ya casi vivos circulando delante o detrás de nosotros. Nadie sale de las viviendas y los que salieron estarán ya casi todos muertos por asfixia o asesinados por otros para robarles sus pertenencias.

La presencia y fortaleza de Luís ha evitado que nadie haya tratado de agredirnos, nos han mirado con resentimiento u odio cuando el me ha auxiliado con la máscara pero nadie se ha atrevido a más. 
Ni tan siquiera a los malvados les quedan fuerzas para atacar, a traición o a los más débiles si, no a los fuertes y decididos como mi amigo. Menos todavía cuando ven el uniforme que lleva, miran confundidos sin entender como un soldado puede caminar entre ellos ayudando a un anciano.
Espera, le digo, creo ver algo en aquel balcón allá lejos.

Se para y me posa con suavidad sobre un baco en la calle, mirá allí, le señalo.
Hay poca luz ya pero con los últimos mortecinos rayos de Sol podemos ver a dos crios que nos hace señas, no escuchamos sus voces pues hay mucha distancia, pero es indudable que está haciéndonos gestos con sus brazos y manos.

Que ocurrirá, me comenta, es súmamente extraño ver a dos crios haciendo esos gestos para que nos aproxímemos a ellos.

Quédate aquí un momento, voy a acercarme un poco más a ellos, a ver si escucho lo que dicen.








el gatufo